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Relato 1. Especial Halloween.

Vuelve a casa por halloween

Aquella tarde noche de viernes, en la ciudad, había un tráfico fuera de lo común, debido al largo puente que acontecía con motivo del 1 de Noviembre. En las circunvalaciones próximas, largas caravanas de coches hacían imposible avanzar. Eran las ocho de la tarde, la hora en la que todos finalizaban su jornada y regresaban a casa. Iba a ser una de esas noches de otoño frías y estrelladas, la luna nueva dejaba a descubrir aquellos brillantes luceros que podían hacer volar la imaginación hacia otros mundos y universos, pero Morana, desde su vehículo, un jeep 4×4,  no podía contemplar aquello.

Mora, así la conocía todo el mundo, ya que su nombre era poco usual en España, su abuelo eslavo lo eligió en honor a una diosa de su país, pero lo cierto es, que ella nunca recordaba el significado del mismo, ni tampoco le importaba, pues aunque Mora provenía de inmigrantes eslavos, nunca había mostrado curiosidad por aquel país. Le interesaban más otras cosas, las nuevas tecnologías, las últimas tendencias del mercado y su trabajo, que le ocupaba gran parte de su tiempo. A pesar de la gran crisis económica, Mora era una de las pocas chicas jóvenes que podían presumir de estar trabajando. Había estudiado marketing y ahora, trabajaba como creadora de estrategias de mercados en una empresa del sector, y su labor era muy reconocida.

Trabajaba de sol a sol, y sus días pasaban rápido en la ciudad, así semanas tras semanas, sin tiempo libre para ella y para su familia. Ese fin de semana, aprovechando el largo puente, había decidido ir a casa de sus padres, y allí se encontraba, atrapada en la enorme caravana intentando salir de la gran ciudad. El coche avanzaba despacio, cada veinte metros una parada y a esperar. Mientras, escuchaba las noticias en la radio, más de lo mismo; guerras, catástrofes, conflictos y algo un tanto curioso, “José Luis Zapatero ingresado en El Reina Sofía debido a fiebres muy altas”, nada interesante.

Cuando logró salir de aquella situación ya eran las nueve y media, debía de darse prisa si quería llegar a la hora de cenar. Sus padres vivían en una casita situada en una finca camino a la sierra, a varios kilómetros de un pequeño pueblo, a una hora de camino aproximadamente, no estaban tan lejos, pero la carretera no era muy buena y estaba llena de curvas, por lo que no era prudente correr demasiado. Sus padres tuvieron que vender la casa donde vivían anteriormente y mudarse a la montaña, apartados del mundo, buscando la tranquilidad tras varios achaques de salud de su padre, que se había jubilado con antelación. A parte, su madre sufría de los nervios, y en su nuevo hogar, había mejorado bastante. Iban a ser unas pequeñas vacaciones de relax y reunión familiar para Mora, cansada del estrés y la monotonía de su vida.

La carretera estaba oscura, rodeada de bosques y malezas, no se podía superar los ochenta kilómetros hora y de vez en cuando se topaba con una señal que anunciaba “peligró por cruce de animales salvajes”. Llevaba no más de media hora conduciendo y aún no se había topado con ningún otro vehículo. La radio comenzó con el ruido y las interferencias y ya era casi imposible distinguir la voz de la locutora. Intentó buscar otra cadena, pero sus esfuerzos fueron en vano, siempre ocurría lo mismo, así que puso un CD de la mejor música clásica, su preferida, y comenzó a sonar una serenata  de Dvorak, era tan relajante y a  la vez tan excitante… aquella música hacía sumergirse en otros mundos maravillosos y hacía el trayecto algo  más ameno. A Mora ya se le había olvidado el estrés del trabajo y aquella embarazosa caravana, ahora se concentraba en aquellos días de relax. De repente, al coger una curva muy cerrada, vio algo que se interponía en el estrecho arcén, lo cual obligó a la chica a esquivarlo. Pudo distinguir un vehículo con la parte trasera en el asfalto y la otra mitad sumergido en la maleza. “Malditos cazadores furtivos” pensó, de venir alguién en sentido contrario  la chica no lo hubiera contado. Se había llevado un susto de muerte. Dentro del jeep todo había quedado por los suelos, su bolso se hallaba abierto en el asiento del copiloto y algunos papeles y su móvil habían caído. Intentó alcanzar el teléfono con su brazo derecho y por un momento apartó la vista de la carretera. Cuando quiso incorporarse una sombra se cruzó en su camino. Mora freno en seco pero fue demasiado tarde, no pudo impedir la colisión.  Había arrollado algo, provocando  un gran estruendo. Sin duda, era una persona.

Pasaron unos minutos, Mora abrió los ojos, por unos instantes había quedado aturdida, el airbag había saltado amortiguando el golpe. Aún seguía sonando aquella serenata, pero ahora la sensación era muy diferente. Le costó trabajo desenganchar el cinturón de seguridad, ¿estaba bloqueado, o eran sus manos temblorosas? La chica bajó del vehículo lo más rápido que pudo, sentía el corazón en un puño, no sabía  qué iba a encontrarse.  Todo a su alrededor estaba muy oscuro, pudiendo distinguir sólo lo alumbrado por el haz de luz de los focos. En el pavimento, un gran charco negruzco con un ligero tono rojizo, parecía aceite quemado o gasolina, toda la parte frontal del todoterreno estaba salpicada de esa sustancia. Mora miro a su alrededor, no había rastro de nada ni nadie, sólo un viento gélido y un silencio inquietante. Al acercarse aún más, un fuerte olor putrefacto le inundó, aquel  líquido olía fatal, como a pescado podrido. Estaba algo cegada por la luz intensa de los faros. Se aproximó al guardabarros del vehículo a comprobar los daños, pero se encontró con algo que le hizo estremecer todo su cuerpo. Una mano humana, de un color violáceo, se hallaba  encajada con fuerza entre los hierros, arrancada de cuajo y de la que colgaban venas, arterias y tendones.  Una sensación de angustia y terror se apoderó de ella, ¿de quién era esa mano y dónde se encontraba su dueño? Quizás había arrollado al dueño de aquel vehículo mal abandonado en el arcén. Sin saber cómo reaccionar, Mora corrió hacia el interior del vehículo y aseguro las puertas. Cogió el teléfono móvil para llamar a emergencias o a la policía, por un instante, su mente quedó bloqueada por los nervios, siendo incapaz de desbloquear el aparato. Tuvo que respirar varias veces y tranquilizarse para poder concentrarse, ¿Cuál era el número de emergencias?, ¿el 060, el 091, el 061…? No, el 112.  Sus dedos dubitativos y temblorosos marcaban el número, sentía sus mejillas ardiendo y el corazón latir  rápidamente. Para empeorar la situación, el teléfono no realizaba llamada alguna, estaba absolutamente fuera de cobertura. Lo intentó varias veces pero fue en vano, además apenas le quedaba batería, ya que a lo largo del trayecto, el móvil había gastado mucha energía buscando redes. Estaba claro que había arrollado a alguien, pero ese alguien no estaba, y si se encontraba mal herido y se había adentrado en el campo corría gran peligro, así que la mejor decisión sería continuar hacia casa y desde allí efectuar la llamada desde el teléfono fijo.

Sus apacibles vacaciones se había visto truncadas de repente. Mora continuó su camino con un tormento de ideas dando vueltas en su cabeza, parecía que le iba a estallar en mil pedazos. Había pasado de ser un paseo relajado a un viaje tormentoso, cogiendo cada curva a toda velocidad,  y en su radio, ya no sonaba nada. En menos de diez minutos salió de la carretera y se adentró en el pequeño camino rural que daba a la casa de sus padres. El terreno estaba lleno de socavones pero su 4×4 estaba bien preparado para aquello y tenía buenos amortiguadores, permitiéndole ir más deprisa que en un coche normal. No tardó en distinguirse una pequeña casita  en una colina rodeada de árboles, estaba la luz del porche encendida. Se paró justo frente a la entrada del cercado, era una puerta mecánica  de acero que se abría, bien con un mando o bien con las llaves de la misma, y ella no tenía ninguna de las dos cosas. Se bajo rápidamente y llamó al timbre. Mientras esperaba, observó que el coche de sus padres no estaba, algo poco usual a aquellas horas,  y que su perro, Tor, no había salido a ladrar como de costumbre. Además, las luces estaban encendidas. Pensó que quizás hubieran salido a comprar al pueblo más cercano y aún se encontraban de camino, pero Mora no podía perder tiempo y tenía que dar aviso urgente a la policía, así que apagó el vehículo y  saltó la verja.

Mora subió sin perder tiempo, la puerta estaba abierta y dentro la tele y las luces encendidas, pero de momento no se sorprendió y corrió hacia el teléfono. Marcó de nuevo el número y ahora sí pudo realizar la llamada, una teleoperadora del servicio la asistió, en una media hora una ambulancia y una patrulla estaría en el lugar del atropello. Media hora le parecía una eternidad, pero no podía hacer otra cosa que esperar. Ahora debía de regresar al lugar e intentar encontrar y atender al herido, pero antes, tenía que contactar con sus padres, que no estaban allí. En el salón, aún permanecía un vaso de cerveza a la mitad. El ambiente era frío, las ventanas estaban abiertas y el viento movía las cortinas, rompiendo con el ambiente acogedor del la sala. Todo era muy extraño y  una enorme sensación de soledad le estremeció. Se dirigió a cerrar las ventanas cuando un ruido le sorprendió, volvió la mirada y pudo observar que Tor, se encontraba bajo una silla, aquel boxe tan grande estaba realmente asustado, no había salido ni a  saludarle. La chica llamó con suavidad al perro, éste,con el rabo entre las piernas, se resignó a salir, ¿qué estaba ocurriendo?

Se dirigió al porche trasero, a comprobar que todo estaba en orden, allí tenían un pequeño terreno dónde su padre cultivaba todo tipo de frutas y hortalizas para consumo propio. Entre la penumbra, Mora llamó a sus padres,  pero allí tampoco había nadie, sólo el silencio de la noche. De nuevo, volvió al salón  para llamar a su padre, con suerte su móvil sí tendría cobertura. Marcó y comenzaron a sonar los tonos, uno tras otro, pero nadie contestaba, volvió a marcar impaciente, pero ahora, le pareció escuchar en la lejanía un tono rítmico, como el de un móvil, que sonaba fuera de la casa, pero cuando acabó la llamada finalizó. Era como si el móvil de su padre estuviera fuera, podía ser que lo hubiera dejado olvidado en algún lugar. Volvió a marcar, dejó el teléfono descolgado y corrió a buscar de dónde provenía el sonido.  Parecía oírse desde el huerto, justamente de donde ella acababa de mirar. Salió y se introdujo en la penumbra, entre pequeños árboles y cultivos. No podía distinguir apenas nada, pero poco a poco sentía que se iba acercando. Lo primero que descubrió, fueron los zapatos y las piernas de alguien que se encontraba tumbado en la tierra, medio oculto por unos arbustos, se acercó, era su padre.

En aquel momento se le volvió a encoger el corazón, su padre estaba inconsciente y podría llevar horas allí. Se agachó e intentó hacerle entrar en sí, pero su cuerpo estaba frío. Mora gritaba sin saber como actuar resistiéndose a pensar que su padre estaba muerto. Con tal oscuridad, no se podía distinguir si sufría algún tipo de daños, así que lo  agarró por los brazos  y comenzó a tirar con todas sus fuerzas para acercar el cuerpo a la casa. Nada más avanzar unos metros ya fue suficiente para poder distinguir todo su estómago desgarrado y un gran boquete, mostrando todas sus entrañas rojizas como si hubiera sido devorado por una manada de lobos. Mora se llevó las manos a la boca incrédula de lo que veía. Su rostro palideció y comenzó a sentir que se desvanecía, quedando de rodillas en el suelo. En su garganta, un nudo que no la dejaba respirar. Comenzó a toser mientras gateaba hacia la puerta de la casa, no tenía fuerzas ni para ponerse en pié, pero quizás, el instinto de supervivencia pudo más que todo aquello, y el miedo comenzó a invadir su cuerpo. Estaba claro,  algo había asesinado a su padre, y  su madre aún no había aparecido. Dejó el cuerpo allí y sin perder el tiempo entró para volver a llamar a  emergencias. Se le hizo interminable  llegar hasta el teléfono, una teleoperadora con voz amable le tranquilizaba a la vez que daba el aviso a una patrulla. En aquel momento, Mora escuchó gruñir y ladrar fuertemente a Tor, que cada vez parecía aún más agresivo. Finalmente escuchó unos fuertes gemidos y lamentos y colgó el teléfono rápidamente. Luego, escuchó una serie de ruidos que provenían del mismo lugar, no estaba sola. Con sigilo y muy asustada, apagó todas las luces y la televisión, y apartó una de las cortinas que daban al huerto. Para su sorpresa, el cuerpo de su padre había desaparecido,  en su lugar, el can yacía inerte con el cuello ensangrentado, quien fuese había atacado también a Tor y había hecho desaparecer el cuerpo.

Mora corría grave peligro y lo sabía, tenía que escapar lo antes posible. Buscó en la parte superior de un mueble antiguo que llevaba años en el salón, allí estaba el cuchillo de acecho de su padre, guardado en una pequeña bolsa de cuero, no le serviría de mucho en caso de algún enfrentamiento, pero le daba algo más de seguridad. Entreabrió la puerta de salida y echó un vistazo, todo seguía igual, su Jeep estaba aparcado donde lo dejó, junto a la entrada de la finca, sólo tenía que llegar hasta allí corriendo, unos cincuenta metros cuesta abajo y largarse. Cogió las llaves del vehículo, para no perder tiempo en buscarlas una vez abajo, y con la otra mano empuñó el cuchillo y comenzó una carrera veloz  hacia la salida de la finca. Ya muy cerca se detuvo en seco, junto al vehículo, una figura delgada y alta, con un camisón de dormir, algo familiar para ella, la esperaba “¿Mamá? ¿Qué haces ahí? ¿Estás bien? ¡Corre métete en el coche!” Era su madre y parecía estar bien, pero no contestaba a sus preguntas, permaneciendo inmóvil y en silencio. Mora corrió a reunirse con ella, pero a pocos metros se quedó petrificada al percibir sus ropajes cuarteados, llenos de manchas rojizas, y su piel azulada. Eso no fue sólo lo que impresionó a Mora, sino su brazo derecho, del que colgaban venas y arterias debido a un desgarro brutal de su mano. Mora se quedó petrificada, su madre levantó la mirada y dejó ver sus ojos ensangrentados llenos de ira, mientras que la mitad de su cara estaba desfigurada y llena de heridas. Su madre comenzó a caminar torpemente hacia ella emitiendo unos crujidos espeluznantes y Mora comenzó a retroceder, dando media vuelta para saltar la verja de nuevo, observando la extraña situación  desde el otro lado  sin saber reaccionar. Su madre se acercó comenzando a zarandear como una posesa los hierros, que le impedía el paso, mientras emitía toda clase de sonidos inhumanos. Mora pudo ver el fondo negro de su boca, algo le decía que aquello no era su madre. Por momentos, pensó que el mundo se le venía encima, eso no podía estar pasando, era imposible. Comenzó a retroceder sin apartar la mirada de “aquella cosa” y sus ojos se le llenaron de lágrimas, había atropellado a su propia madre y ahora su cuerpo poseído estaba sacudiendo la verja para entrar como si fuera un demonio, y su padre, brutalmente asesinado en la parte trasera de la casa.

Volvió de nuevo al interior de la casa, ahora más asustada que nunca, tenía que esconderse hasta que llegase la policía. Pero la cosa no hacía más que empeorar. Cuando Mora entró en la casa, frente a ella, tras la puerta trasera que había sido derribada, se hallaba la figura de su padre, no con mucha mejor apariencia que la de su madre, y cuando dio el primer paso hacia ella de la apertura de su abdomen se derramaron algunas vísceras. Tras un bramido ensordecedor, su padre corrió hacia ella obligando a Mora a subir hacia la planta superior, refugiándose en el cuarto de baño. Ahora aquella cosa golpeaba con fuerzas la puerta, que no aguantaría mucho, y Mora estaba atrapada. Sin salida, permaneció en silencio, agachada junto a la puerta, llorando, sola e indefensa. Sus padres parecían haber muerto y regresado directamente del infierno, y eso, era científicamente imposible. Cada golpe parecía el definitivo, por primera vez, Mora comenzó a rezar y a suplicar a un dios hipotético, y digo hipotético, porque hasta el momento, ella no había creído en esas cosas, pero ahora si existía aquello que le estaba ocurriendo también debía de existir dios. Lo inexplicable era por qué sus padres se habían convertido en esos monstruos, si habían sido gente siempre correcta y justa. Parecía que aquello era un castigo para el ser humano, y como siempre, pagaban justo por pegadores, los buenos y los malos.

Como si de un milagro se tratase, una sirena comenzó a escucharse de fondo, acercándose hacia la finca. En aquel momento, los golpes cesaron. Con cuidado, Mora se levantó y se acercó a mirar a través de la ventana, una patrulla de guardias civiles había llegado, y de su madre no había ni rastro.

Los guardias se bajaron del coche, eran dos hombres jóvenes que no parecían llevar mucho tiempo en la profesión. Llamaron al timbre y el sonido agudo se escuchó en toda la finca. La joven estaba tan asustada que fue incapaz de mediar palabra, simplemente, se limitaba a observar desde la ventana. Tras varios intentos, uno de los guardias saltó dentro de la hacienda mientras su compañero permanecía fuera. El guardia que se acercaba a la casa, desenfundó el arma, caminando lentamente por el acceso de la vivienda. El segundo examinaba el vehículo de Mora llamándole algo la atención. Se agachó frente al mismo y pasó un dedo donde antes había estado incrustada la misteriosa mano, ahora sólo había una sustancia negra y maloliente, que comprobó cuando se echó el dedo índice a su nariz. En aquel momento de descuido, la madre de la chica apareció de la nada y se enganchó fuertemente del cuello del joven hombre, hincando la dentadura hasta lo más profundo. El guardia forcejeó para librarse de aquel monstruo y en un momento de suerte  pudo deshacerse  de ella. Se echó mano a la cartuchera para agarrar su arma, pero su inexperiencia le jugó una mala pasada y en pocos segundos tuvo de nuevo encima a esa mujer poseída, que logró tumbarle. El joven forcejeaba con ella, intentando mantenerla al límite, mientras ésta, encima, le arañaba la cara. El hombre era fuerte y sólo le faltó tomar un buen impulso para, de una patada, quitársela de encima. La mujer quedó en el suelo anonadada y el guardia pudo levantarse, cogió su arma, ahora con más acierto y apuntó a la mujer. Sentía cómo por su rostro le caía la sangre de los profundos arañazos. La mujer le volvió la mirada, aún en el suelo, pudiendo observar los ojos llenos de venas y viciados de aquel monstruo que casi le devora. Quitó el seguro de la pistola y justo antes de poder disparar, algo saltó sobre él derribándolo. Tor se había convertido en un demonio y había conseguido salir de la finca. El can enganchó con sus colmillos la tráquea del guardia y se la seccionó de un sólo mordisco.

El segundo guardia, había entrado en la casa, ignorando la suerte de su compañero. Observó un sendero de sangre y vísceras que se extendían a lo largo de las escaleras. Despacio y sin hacer ruido comenzó a subir. Una vez en la planta de arriba, se abría ante el un largo pasillo, que comunicaba con cuatro habitaciones, y de fondo, una puerta cerrada. Se adentró poco a poco, comprobando cada habitación hasta llegar al fondo. Intentó abrir la puerta pero alguien había echado el seguro desde dentro. Dio unos toques suaves “¿hay alguien ahí?”, pero nadie contestó. Se apartó y le propinó  un gran golpe justo a media altura, derribando la puerta. Allí estaba Mora, en un rincón sin poder reaccionar “¿se encuentra bien señorita?¿qué le ha pasado?” La chica intentó huir pero el guardia la agarró fuertemente, intentando tranquilizarla, pero ella no entraba en razón. “Mujer, tranquilícese que aquí estoy yo para ayudarla, no le va  a pasar nada” Fue decir aquellas palabras cuado dos fuertes manos agarraron su cabeza desde atrás, hundiendo varios dedos en cada ojo. La chica se soltó y el agente quedó casi muerto al instante. El padre de Mora les había sorprendido, y ahora ella estaba totalmente atrapada.

No lo pensó dos veces, abrió la ventana, se agarró con fuerza a unos salientes, y comenzó a descender. La casa era más bien de construcción antigua y uno de los salientes cedió y Mora cayó al suelo, haciéndose daño en uno de sus tobillos, y lo peor de todo, en el descenso había perdido las llaves de su Jeep. Comenzó a buscar en el pavimento a palos de ciego, convencida de que las llevaba encima. El pie le ardía y pronto sintió como su padre se acercaba, obligándole a abandonar la búsqueda. Bajó por el sendero como pudo sin mirar hacia atrás,  su padre ya había salido de la casa y se aproximaba. Mora rezaba por no encontrarse con su madre, o estaría perdida de verdad, ya que no podría huir de ambos. Saltó la verja y se encontró una escena espeluznante, otro guardia yacía sin vida totalmente degollado. Sin perder el tiempo corrió hacia el coche patrulla y pudo refugiarse en él justo antes de que el perro, que volvió a aparecer, le saltase encima. Su padre ya estaba al otro lado de la vaya, muy furioso e intentando saltearla y de su madre, ni rastro.

No atinaba a poner el coche en marcha, los nervios le estaban jugando una mala pasada, cuando por fin pudo conseguirlo su padre ya estaba encima de ella y golpeaba fuertemente con la cabeza la luna del coche, que empezaba a agrietarse. Metió la primera, aceleró fuertemente para después frenar en seco, lo cual fue suficiente para librarse de aquel ser, que quedo atolondrado en el suelo. Al intentar emprender la marcha atrás, sin ser consciente, Mora pulsó la bajada de la ventanilla automática. Cuando se quiso dar cuenta, era demasiado tarde, el rostro demacrado y pálido de su madre asomaba sin darle  tiempo a  reaccionar. Ésta le mordió en el brazo, llevándose un pedazo de carne. Mora gritó dolorida y con un acto reflejo empuñó el cuchillo y lo clavó hondo en la cabeza de aquel ser maligno, que se desplomó por completo. Hace unas horas hubiera sido incapaz de hacer algo así, pero su instinto por sobrevivir le había impulsado a ello. Su brazo no paraba de sangrar, se quitó la rebeca e hizo un nudo en pocos minutos para taponar la herida antes de ponerse en marcha.  De repente, su padre volvió a levantarse y comenzaba a acercarse de nuevo, esta vez algo más lento. Volvió a meter la primera y esta vez arrolló a aquel monstruo contra uno de los muros del cerco, aplastando la mitad de su cuerpo. Su padre quedó semi tendido y aprovechando la ocasión volvió a golpearlo contra el hormigón, esta vez la cabeza estalló en mil pedazos.

No quiso quedarse más tiempo a comprobar si se volvían a levantar, así que la chica se marchó de aquel lugar en un estado total de shock. Había atravesado con un cuchillo la cabeza de su madre, a la cual había atropellado con antelación, y luego también había machacado contra la pared la cabeza de su padre. En un momento había acabado con lo más importante para ella, todo lo que había amado hasta ese  momento, su familia, ¿cómo iba a poder explicarlo todo? Era una locura. Se dispuso a salir cuando se encendió la radio, era otra patrulla informando de la posición, estaban en el kilómetro donde ella había atropellado a lo que antes era su madre, debía de dirigirse hacia allí. Se encaminó y comenzó a buscar alguna emisora, el coche disponía de una antena bastante potente y pudo localizar varias cadenas, pero entre ellas, se quedó con una de sus preferidas dedicada a la música clásica. Estaban emitiendo  “fantasia on greensleeves” de Vaughan Williams, escuchando aquella melodía, parecía como si todo aquello nunca hubiese pasado. Empezó a recordar todos los momentos felices que había vivido junto a  su familia y que ella, en apenas unos minutos, había hecho desaparecer. Era tanto su dolor interno, que Mora no sentía ni la herida de su brazo ni la fiebre que comenzaba a subirle.

En diez minutos, Mora se reunió con la segunda patrulla de guardias civiles y la ambulancia que buscaba a la víctima del accidente. No supo por donde empezar, titubeaba y no era capaz de dar coherencia a nada de lo ocurrido, así que montaron a la chica en la ambulancia y se la llevaron. Pronto llegaron refuerzos y la casa de sus padres se llenó de agentes e investigadores, eran las tres de la madrugada. Encontraron dos cuerpos sin vida con las cabezas destrozadas, el de un hombre de unos 60 años y una mujer de 55. De los dos guardias civiles no se sabía absolutamente nada, habían desaparecido. El inspector de la guardia civil, un hombre mayor, fuerte y bien conservado se dirigió a dos guardias “Rastrear la zona, los cuerpos de los dos guardias civiles no tienen que estar muy lejos, por lo que me han contado de la chica, posiblemente estemos ante un caso de personalidad paranoide homicida, así que sed muy cuidadosos en la investigación” El inspector buscó un cigarrillo y lo encendió.

En no más de media hora, Mora había llegado al hospital, se sentía desvanecer y su cabeza le iba a estallar. Veía transcurrir los pasillos desde la camilla, empujada a toda velocidad por varios enfermeros, y a pesar de la mascarilla de oxígeno no podía apenas respirar. La introdujeron en una sala, blanca  y muy iluminada, tanta luz le hacía daño. Una enfermera se le acercó y le colocó unos monitores. Cerró los ojos y sintió como su vida se apagaba, lo último que escuchó, fue el largo pitido del monitor.

By Natalia Fernández Martín (@Nafema)

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